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El día anterior Manuel nos había enseñado que para mover en la cama a un enfermo que no lo puede hacer solo, se coloca una sábana doblada debajo de su cuerpo, teniendo el cuidado de que no se arrugue mientras permanece acostado sobre ella.  Así se evitan posibles llagas.  Para reacomodarlo, dos personas toman los extremos de la sábana y mueven al paciente con facilidad a la posición que se requiere.  Movimos a Jóse hasta ponerlo de lado, colocándole unas almohadas en su espalda a manera de cuña, y seguimos esperando.

Casi media hora más tarde volvió a sonar el timbre de la puerta y esta vez fue Giovani quien nos saludó de prisa y caminó rápidamente al cuarto de Jóse.  Se dirigió a él como siempre lo hacía, con un alegre y calmado “príncipe, ¿cómo estás?  Soy Giovani.  ¿Podés abrir tus ojos?”.  Jóse no le contestó ni pareció enterarse de su presencia.

Giovani, al igual que Manuel, su socio, dio desde el inicio un trato muy afectuoso a nuestro hijo y Jóse les devolvió el afecto.  Margarita y yo siempre estuvimos muy agradecidos de haber encontrado a estos dos excelentes doctores, profesionales y, sobre todo, grandes personas.  El médico le explicó a Jóse que iba a examinarlo.  Ya había empezado cuando llegó Manuel.  Hablaron entre ellos tomando decisiones sobre el mejor tratamiento a seguir.

Durante todo ese tiempo yo no podía estarme quieto.  Me ahogaba la angustia. Entraba y salía del cuarto una y otra vez.  Se me dificultaba mucho ver la preocupación de los médicos y tenía que salir a tomar fuerzas.  Margarita, en cambio, estuvo siempre junto a Jóse y a los doctores, brindándoles toda la información necesaria.  Les dijo que hacía ya varias horas que no tomaba las pastillas que le tocaban.  Giovani sugirió que le trajéramos helado porque, si podía tragar, el frío era un estimulante para ese reflejo.  Mientras Giovani hablaba, Margarita le tomó las manos a Jóse y comentó que las tenía un poco frías.  Ninguno le pusimos mucha atención, así que fue a la cocina y volvió con el helado.  Le mezclaron las pastillas y Margarita y yo sentamos y sostuvimos a Jóse mientras Giovani lo animaba a comérselo.  Jóse estaba completamente lánguido y desfallecido.  No podía sostenerse por sí mismo.  Al poco rato, notamos que el helado había funcionado porque al menos se había tragado una parte de las pastillas.  Margarita le dio a beber un poco de té frío antes de que le dieran otra cucharada de helado.

Giovani estaba pendiente de que Jóse tragara de nuevo, cuando Margarita dijo con voz alterada: “¡Doctor, se le están poniendo morados los dedos y las uñas!”  En ese mismo momento, Jóse empezó a temblar.  Era un temblor muy fuerte, que sacudía todo su cuerpo.  También tenía escalofríos y la respiración le cambió de ritmo, volviéndose agitada e intranquila.  Mantenía los ojos cerrados, pero, sin saber por qué, pude presentir que tenía miedo, que se sentía en peligro.  La fortaleza de Margarita me impresionó una vez más.  No lo soltó ni un momento y le hablaba al oído para calmarlo.  Yo estaba petrificado, no sabía qué hacer.  Me sentía desolado ante la impotencia de no poder ayudar a mi hijo.  Jóse seguía temblando descontroladamente.  Era sobrecogedor.