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Abracé con fuerza a Margarita y le dije que había hecho bien en hablarle de la manera que lo hizo; que yo estaba seguro de que eso lo calmaría.  Nos quedamos así, abrazados y en silencio, hasta que el olor a comida que venía de la cocina nos regresó a la realidad.  Nos dirigimos al comedor y nos sentamos a la mesa a pesar de que no teníamos hambre.  Con nosotros almorzó Rodrigo, nuestro segundo hijo y compañero de travesuras de Jóse.  Hacía poco más de un mes que se había graduado de bachiller y estaba buscando un trabajo mientras llegaba el momento de empezar la universidad.  El tiempo libre que tenía en ese momento resultó ideal porque le permitió pasar muchas horas con su hermano pequeño: platicando, viendo televisión, oyendo música y jugando juegos de video.  Cuando Jóse estaba animado y con energía, salían a tomarse un café frío o, simplemente, a dar una vuelta en carro para distraerse.  A Margarita y a mí nos enternecía ver cómo Rodrigo dividía su tiempo entre su hermano y sus amigos, aprovechando para salir con ellos cuando sabía que yo volvería temprano a casa.  La tarde de ese lunes nublado de julio pidió permiso para ir a casa de Andrés, su amigo de la cuadra.  Se lo dimos porque comprendíamos que esas salidas lo relajaban y lo hacían olvidarse por un rato de lo que estábamos viviendo.  JuanRo no almorzó con nosotros ese día.  Había salido desde muy temprano ya que por la tarde tenía en la universidad un examen de cálculo muy difícil y quería hacer un último repaso.

Al terminar de comer, fui al cuarto de Jóse.  Me senté en la orilla de su cama, le hice saber que iba a quedarme en casa toda la tarde por si me necesitaba y, como muchas otras veces, le dije lo mucho que lo quería.  Margarita llegó también.  Entre los dos revisamos su pañal.  Estaba seco.  Al principio de la enfermedad Jóse se bañaba, se vestía e iba al baño sin ayuda.  Según fue perdiendo fuerza, tuvimos que empezar a ayudarlo, pero había ocasiones en que, sin avisarnos nada, se bajaba de la silla de ruedas y se arrastraba o gateaba hasta el baño.  A pesar del dolor y la pena que esto nos causaba, no dejaba de impresionarnos su espíritu luchador.  Para no quitarle el amor propio y el orgullo de hacer las cosas por sí mismo, nunca interferimos cuando hacía esto a pesar del esfuerzo que le significaba.  Sin embargo, algunos días atrás, habíamos tenido que ponerle un pañal pues estaba bastante débil para moverse solo.  El día anterior lo había ayudado a ir al baño, sosteniéndolo por las axilas.  Se dejó ayudar, pero me partió el corazón cuando me miró con cara triste, aunque sonriente, y me dijo: “Qué fregar con esto, ¿verdá papa?”  Consciente de que ya necesitaba ayuda para todo lo que un adolescente sano hace solo, como orinar parado o subirse los calzoncillos; le causaba mucha frustración y vergüenza depender de nosotros.

A lo lejos escuchamos el timbre de la casa y los ladridos escandalosos de nuestra perrita french, Anti.  En las últimas semanas, Jóse se quejaba de los ladridos porque decía que a veces le provocaban dolor de cabeza, pero era imposible que no lo hiciera cuando alguien llamaba a la puerta.  Ese día, Jóse frunció sus párpados pero no se quejó del ruido.  El que llegaba era Manuel, con el estetoscopio al cuello —que parecía una extensión de su propio cuerpo—, y sus inseparables maletines rojos cargados con todo tipo de medicinas.

Desde el inicio del tratamiento, Manuel se había ganado la confianza de Jóse pues, además de su trato amable y natural, era, al igual que él, fanático del equipo de futbol español, Real Madrid, una afición que nuestro hijo heredó de sus hermanos.  Se escribían mensajitos por el celular y desde que Manuel había ido a un concierto del grupo U2, Jóse siempre lo saludaba con un alegre “¡Hola Vértigo!”, haciendo alusión a una de las canciones exitosas de este grupo.  Manuel saludó a Jóse pero, esta vez, el “¡Hola Vértigo!” nunca llegó.

El médico se inclinó para examinarlo con detenimiento.  Margarita y yo observábamos.  Después de tomarle los signos vitales, nos hizo una seña y los tres salimos de la habitación.  “Tiene la pupila derecha mucho más dilatada que ayer —nos dijo muy serio— voy a llamar a Giovani y volveremos dentro de media hora”.  Lo llamó por teléfono y luego se marchó, diciéndonos que aprovecharía para visitar a otros pacientes que vivían cerca.  Mientras esperábamos, Margarita y yo tratamos de que Jóse bebiera un poco de té frío, pero no lo aceptó.