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Después de un rato, salí en silencio de la capilla y me dirigí a casa, tomé mi celular y llamé a Margarita para preguntarle por Jóse.  Ella me contestó que no había cambios y que seguía dormido, pero que mi mamá había llegado y le había leído el pasaje de la Biblia que relata la historia de José: todas las tribulaciones que sufrió y cómo las fue superando.  Con un toque muy especial y para que nuestro hijo se identificara más con el personaje, mi mamá no se refería a José, con el acento en la última sílaba, sino con el acento en la primera, como todos llamábamos a Jóse.  Margarita me contó que cuando llegó el momento en el que Faraón  nombró a José administrador de todos sus bienes, mi hijo sacó la mano de entre las sábanas y, en uno de sus gestos más típicos, apuntó el dedo pulgar hacia arriba mientras doblaba los otros dedos sobre la palma de su mano.  Con esta señal, demostró que entendió cada palabra de lo que había leído mi mamá.

Me despedí de Margarita y llamé a Carlos, el médico que había tratado a Jóse con anterioridad, y le conté como lo veíamos.  Después de escucharme, me dijo que iría a visitarlo en cuanto saliera de la clínica.

Al llegar a casa, me bajé del carro y me dirigí hacia la puerta de entrada.  Margarita salió a mi encuentro y me saludó abrazándome con fuerza.  En su rostro pude ver que había estado llorando. “¿Qué pasa?”, le pregunté con angustia.  Me guió hasta la sala, donde nos sentamos en un sillón.  Con profunda tristeza pero calmada a pesar de las lágrimas que volvieron a correrle por las mejillas, me dijo que le había dicho a Jóse que se dejara llevar; que se agarrara con fuerza de la mano de Jesús y que ya no luchara más en contra de su cuerpo; que la Virgen María también era su mamá y que Ella iba a cuidar de él; que nosotros íbamos a estar bien.  Agregó que cuando le estaba hablando, Jóse había movido la cabeza en señal de aprobación, pero no había abierto los ojos en ningún momento.

Al escucharla, me atemoricé y sentí un conflicto dentro de mí, porque sus palabras contradecían lo que yo siempre intenté transmitirle a Jóse: que no tenemos que dejarnos vencer a pesar de lo dura que pueda ser la vida.  Recordé que apenas el sábado anterior, cuando terminamos de ver la película The Way Back (El regreso), Jóse me preguntó esperando mi aprobación: “¿Así hay que ser, verdá, papa?, siempre luchar contra todo lo que se interponga en nuestros propósitos”.  Fueron palabras que apoyé sin dudarlo un instante.  También recordé el mensaje que pocas semanas antes Jóse había escrito en su teléfono celular: “Never give up, fight to reach your goals (nunca te rindas, lucha por alcanzar tus metas)”.

Sin embargo, las palabras de Margarita me hicieron recapacitar sobre dos cosas muy importantes.  La primera era la fuerza que emana del amor.  Comprendí que sólo una madre puede amar tanto a un hijo que puede ser capaz de desprenderse de él y entregárselo a Dios.  Mi esposa se había despojado de su egoísmo y de su necesidad de mantener a Jóse con ella, aquí en la tierra, a pesar del dolor y el sufrimiento que eso le significaba.  La admiré más por ello.  Lo segundo que pensé fue que, de todas las posibles complicaciones o aterradores sufrimientos que nuestro hijo podía llegar a padecer —según nos habían explicado los médicos—, Dios nos podía estar otorgando el camino más benévolo: que Jóse se fuera sumiendo poco a poco en un sueño profundo y no tuviera mucha conciencia de lo que le pasaba