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Al llegar al trabajo me enteré de que Leslie, nuestra recepcionista, no había venido ese día.  Ella tenía habilidad para las artes gráficas y el viernes anterior le había hecho un encargo muy especial.  Preocupado, me dirigí a mi oficina mientras pensaba que tenía que llamarla o enviarle un correo electrónico urgente.  Me senté frente a mi escritorio y trabajé en los asuntos del día mientras llegaba la hora de la reunión.

Cuando faltaban 15 minutos para las 11 de la mañana, salí apresurado de mi oficina.  No me había dado cuenta del paso del tiempo.  Llegué a la reunión más tarde de la hora convenida.  Me irrité un poco pues normalmente soy puntual.  Traté de disimular.  La reunión por sí sola ya resultaba muy incómoda: soportar la deslealtad de uno de nuestros socios comerciales que, sin habernos informado, iba a representar a otra empresa de software, similar a la que dirijo.  Esto podría implicar que perdiéramos a algunos de los clientes que habíamos atendido juntos por varios años.

Terminé la reunión molesto y abrumado, consciente de lo difícil que me resultaba lidiar con este problema, justo cuando mi vida familiar cambiaba a cada minuto.  Tomé el carro y me dirigí hacia mi casa, el lugar donde quería estar.  En el camino recordé las palabras de mi hijo mayor, JuanRo, quien unos días antes me había contado que, en sus períodos libres de la universidad, algunas veces iba a la iglesia a rezarle al Santísimo.  Cuando platicamos sobre esto, él me dijo que lo que pedía era tranquilidad, ya que en los últimos meses vivíamos con mucho estrés en nuestro hogar.  “Seguiré su consejo”, pensé, y cambiando de rumbo me dirigí a la capilla.  La encontré muy concurrida, sobre todo por mujeres.  Los pocos hombres que había eran de edad avanzada.  Imaginar a JuanRo entre todos esos adultos me hizo sentir orgulloso de él quien, pese a su carácter fuerte, cada cierto tiempo venía humildemente a este recinto, aceptando con sencillez la voluntad de Dios.

Me arrodillé en uno de los reclinatorios del lado derecho, junté las manos, cerré los ojos, agaché la cabeza y me refugié en mis pensamientos ante la presencia del Padre hecho hostia.  Esta vez no le pedí un milagro.  En lugar de eso, le pedí paz y que me diera el valor para aceptar y afrontar lo que nos quisiera mandar.  “Hágase Tu voluntad”, repetía en mi mente una y otra vez, recordando también las palabras de mi amigo, Héctor, quien una noche, reunidos en su casa con un grupo muy querido, comentó que si creyéramos verdaderamente en esa frase del Padre Nuestro, viviríamos con más tranquilidad.  “Uno tiene que hacer lo que le toca como ser humano y luego dejar que Dios haga Su voluntad”, fueron sus palabras.  Héctor, y Ana, su esposa, habían perdido a su hijo más pequeño hacía ya varios años, por lo que sus palabras nos causaron un fuerte impacto a Margarita y a mí.  “Hágase Tu voluntad”, volví a repetir, dándome cuenta de que, a pesar de mi fe, tenía miedo.  Un miedo profundo a lo que esa voluntad pudiera significar.  Una vez más, le pedí paz y fortaleza.